DIFERENCIA SEXUAL Y POSMODERNIDAD
La hipótesis que subyace en este trabajo es que ni la posmodernidad ni la diferencia sexual pueden proporcionar una identidad política al feminismo a efectos de convertir a éste en un actor social. Los enfoques posmodernos, al sustituir las macronarrativas sobre la opresión de las mujeres por las micronarrativas de clase, raza o preferencia sexual, están suprimiendo la posibilidad de una identidad colectiva para todas las mujeres. La posmodernidad, con su exaltación de las diferencias, niega la idea de que todas las mujeres compartimos una opresión común por el hecho de ser mujeres. El peligro más acuciante de la posmodernidad para el feminismo es que la específica discriminación de las mujeres quede diluida en otras discriminaciones. Los enfoques posmodernos postulan la disolución del concepto de identidad política basado en los conceptos de género y patriarcado.
El exagerado individualismo y nominalismo posmoderno -Heckman, Butler, Young- consistente en renunciar a todo marco normativo y organizativo por sus efectos coactivos sobre las individualidades y de pérdida de libertad, tampoco es rentable desde un punto de vista político. Para la posmodernidad, los principios normativos del feminismo transitan entre la sospecha y la deslegitimación pues, para esta perspectiva, no sólo no dan cuenta de la realidad sino que, al contrario, la homogeneizan cuando es diversa o la falsifican al dotarla de una uniformidad que en la realidad no existe. La teoría posmoderna postula la deconstrucción del concepto central del feminismo, el de género, pues señala que al definir a todas las mujeres como género, se están oscureciendo las profundas diferencias que existen entre ellas (clase, raza, sexualidad, etnia, etcétera). La posmodernidad no acepta la existencia de un marco cognitivo para el feminismo -a pesar de que sin marco normativo no hay ni movimiento social ni actor colectivo- pues puede resultar coactivo con respecto a la multiplicidad de las diferencias internas y puede desactivar futuras identidades.
Las vindicaciones feministas no pueden dejarse en manos de la espontaneidad de los movimientos y de las coyunturas políticas, tal y como sostienen algunas feministas posmodernas. 4 El feminismo no puede renunciar a estructuras organizativas y a principios normativos, pues ambas renuncias podrían conducir a su desaparición. Ya el movimiento feminista estadounidense de los años setenta se enfrentó al problema de la falta de estructuras organizativas, 5 pues una parte del mismo consideraba que la existencia de estructuras de decisión podría ser opresiva para las mujeres que participaban en el movimiento. Jo Freeman analiza esclarecedoramente en La tiranía de la falta de estructuras los problemas que suscita la falta de estructuras organizativas en un grupo social, el feminista, cuyo objetivo es convertirse en un actor colectivo que aspira a transformar el entramado institucional patriarcal. De hecho, señala, 'gran parte del esfuerzo de los movimientos feministas del pasado ha estado dirigido a formalizar las estructuras de decisión y los procesos de selección con objeto de facilitar el ataque directo contra los mecanismos de exclusión de las mujeres'. Asimismo, Amelia Valcárcel subraya que las redes informales son uno de los sistemas más recurrentes del patriarcado para excluir a las mujeres de los espacios de poder y del uso de los recursos. 6
El mismo problema que se planteó en los años setenta ha resucitado en el movimiento, pero esta vez multiplicado, de la mano del feminismo posmoderno y del pensamiento de la diferencia sexual. Pero ahora no sólo se cuestiona la existencia de principios organizativos sino también de aquellos principios ideológicos que han sustentado históricamente al feminismo. Los estudiosos de las organizaciones han verificado que la ausencia de estructuras formales aboca a los grupos a la formación de redes informales y conduce invariablemente a la institucionalización del elitismo. 7 Los grupos que se aferran a la ideología de la 'falta de estructuras' son más fácilmente susceptibles de ser acaparados por un grupo de militantes no elegidos para ello y cuya existencia se ha configurado informalmente. Estos grupos corren el riesgo de caer en la arbitrariedad. Como señala Freeman, 'contar con un procedimiento fijo para tomar decisiones garantiza, hasta cierto punto, la participación de todos y cada uno de los miembros'. 8
Respecto al marco normativo, la posmodernidad, como ya ha sido señalado, deconstruye todas las abstracciones modernas decretando su inutilidad o su perversidad. Esta lógica implacable ha alcanzado a los dos conceptos centrales de la reflexión feminista: el de género y el de patriarcado. Sobre el primero de ellos ya hemos hablado. Respecto al concepto de patriarcado, algunos feminismos posmodernos señalan su incapacidad para dar cuenta de realidades tan diferentes entre sí, como por ejemplo las sociedades africanas y las sociedades occidentales. Muchas feministas posmodernas rechazan el concepto de patriarcado por su ahistoricidad. Pero, como señala Amorós, el feminismo no puede prescindir de un marco normativo que irracionalice y deslegitime el sistema de dominación patriarcal. Si lo hiciese, se disolvería como movimiento emancipador.
El problema crucial de los feminismos posmodernos radica en que han deconstruido lo universal y han fragmentado al sujeto. Y como señalan, entre otras, Amorós, Valcárcel o Benhabib, sin sujeto el feminismo suprime su propia condición de posibilidad. Entonces, ¿quién construye una sociedad democrática?, ¿quién define y articula proyectos emancipatorios?, ¿debemos renunciar a construir sociedades que coincidan con el sentido que queremos darle a la humanidad?
Por otra parte, las teorías de la diferencia sexual sostienen que la vía de la liberación que deben seguir las mujeres es asumir que la naturaleza humana es dos y que dos deben ser la cultura y el orden simbólico en que se inscriben los géneros. 9 La conclusión política que extrae una de las teóricas de la diferencia sexual, Luisa Muraro, es la autoexclusión de todos los espacios de poder. Las autoras de la diferencia sexual sobrecargan ontológicamente los géneros que ya el primer feminismo ilustrado había descubierto que eran construcciones normativas muy coactivas para las mujeres.
La afirmación de las identidades esenciales, como hacen Luce Irigaray 10 o la propia Muraro, 11 con ese ejercicio de autismo intelectual y político que se resume en el célebre 'partir de sí', no es políticamente adecuado pues transforma las instancias patriarcales más coactivas en elecciones liberadoras de las propias mujeres. De esta manera, actúan como si el mundo exterior no existiese, ignorando fenómenos sociales patriarcales y por ello opresivos con las mujeres: doble jornada laboral, menor salario para las mujeres en trabajos equivalentes a los realizados por los varones, exclusión de los poderes fácticos, infrarrepresentación en las instituciones del Estado, la maternidad como una función social básicamente femenina y la sexualización del cuerpo de las mujeres, entre otros. No es lo mismo señalar que el trabajo doméstico y familiar tiene componente alienantes, pues aisla y no enriquece a quien se dedica en exclusivo a ello, a señalar que las tareas domésticas son el resultado de la inclinación de las mujeres por los cuidados. No es lo mismo explicar que un hecho social es una imposición patriarcal que manifestar que es una elección libre, pues esa es la diferencia entre la lucha por la emancipación de quien se autocomprende así mismo como un oprimido y la de la aceptación de un orden que se cree surgido de una manera libre de entender el mundo.
La consideración de las identidades, constituidas al hilo de las diferencias que emergen en el seno de los grupos como un bien en sí mismo, presenta problemas casi irresolubles para el feminismo. Enumeraré sólo tres de ellos. Primero, si prescindimos de los conceptos de género y patriarcado desde un punto de vista teórico y desde un punto de vista político, fragmentamos nuestros análisis y nuestro movimientos social y, en consecuencia, las posibilidades de transformar el sistema de hegemonía masculina. Segundo, la constitución de las diferencias y de las identidades debe estar al servicio de proyectos de emancipación y de transformación social. La celebración indiscriminada de las identidades y el baile de las diferencias corren el peligro de diluir el proyecto feminista y, como señala Amorós, el feminismo no puede prescindir de un marco normativo que irracionalice y deslegitime el sistema de dominación patriarcal. Tercero, las políticas de identidad/diferencia están abocando a los grupos discriminados a la competencia por la conquista de recursos cada vez más escasos. Subraya Benhabib que la fragmentación y la competencia hacen casi imposible desarrollar una visión común de transformación social y hacen difícil la construcción de una ética de la solidaridad. 12
4 I.M. Young, 'Vida política y diferencia de grupo: una crítica del ideal de ciudadanía universal', en C. Castells (comp.), Perspectivas feministas en teoría política, Barcelona, Paidós, 1996, pp. 99-126. 5 J. Freeman, La tiranía de la falta de estructuras, Madrid, Forum de Política Feminista, 1988, pp. 31-49. 6 A. Valcárcel, La política de las mujeres, Madrid, Cátedra, colección Feminismos, 1997. 7 J. Freeman, op. cit., p. 42. 8 Ibid., p. 38. 9 L. Posada Kubissa, Sexo y esencia. De esencialismos encubiertos y esencialismos heredados: desde un feminismo nominalista, Madrid, Horas y horas, 1988, p. 98. 10 L. Posada Kubissa, op. cit., 'Guión; (Re)posición de tramas heredadas. En torno a Luce Irigaray', pp. 79-103. 11 L. Muraro, 'Más allá de la igualdad', en L. Posada, op. cit., pp. 119-129. 12 S. Benhabib, op. cit., p. 39.